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El Matrimonio y el divorcio

marzo 7, 2021
el matrimonio y divorcio

Entre los judíos se permitía que un hombre repudiase a una mujer por las ofensas más insignificantes, y ella quedaba en libertad para casarse otra vez. Esta costumbre era causa de mucha desgracia y pecado. En el sermón del monte Jesús indicó claramente que el casamiento no podía disolverse, excepto por infidelidad a los votos matrimoniales «el que repudiaré a su mujer dijo Él, fuera de causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casaré con la repudiada; comete adulterio. Después, cuando los fariseos le preguntaron acerca de la legalidad del divorcio, Jesús hablo a los oyentes de la institución del matrimonio, conforme se ordeno en la creación del mundo, «por la dureza de vuestro corazón Él, Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres: más al principio no fue así. Se refirió a los días bienaventurados del Edén, cuando Dios declaró que todo era bueno en gran manera. Entonces tuvieron su origen dos instituciones gemelas para la gloria de Dios en beneficio de la humanidad: El matrimonio y el sábado. Al unir Dios en matrimonio las manos de la santa pareja diciendo: «dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse a su mujer, y serán una sola carne» dictó la ley del matrimonio para todos los hijos de Adán hasta el fin del tiempo. Lo que el mismo Padre eterno había considerado bueno, era la ley de la más elevada bendición y progreso para los hombres. (Lucas 16:18)

Adulterio: Unica razón para el divorcio

Una mujer puede estar legalmente divorciada de su esposo por las leyes del país y sin embargo no estar divorciada a la vista de Dios ni según la ley superior. Solo un pecado, el adulterio, puede hacer al esposo o a la esposa libres del voto matrimonial a la vista de Dios. Aunque las leyes del país concedan el divorcio, los cónyuges siguen siendo marido y mujer de acuerdo con la biblia y las leyes de Dios. (Mt. 5:31-32)

El pacto sagrado

Con el propósito de prolongar y proteger ese momento, el creador de todo pronunció las palabras siguientes, lo que Dios junto, no lo separe el hombre (S. Mateo 19:6).

Incontables parejas radiantes, en el transcurso de muchas generaciones se han hecho eco de estas palabras al repetir: HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE.

Nunca se hicieron promesas más vehementes. Cada uno de sus sueños incluía la expresión «para siempre» ¿qué sucedió entonces? ¿porqué se convirtieron sus promesas en meros datos estadísticos? ¿Cuál es el secreto del matrimonio duradero? ¿Qué es lo que mantiene incorrupta e intacta la inexpresable alegría del día de la boda?

El matrimonio no es fácil

Ahora bien, hay promesas que cumplir. ¿Será fácil cumplirlas en un mundo en el cual la moralidad se considera solamente un tema académico que debe ser resuelto por los expertos? ¿Será fácil mantenerlas en una sociedad cuya estructura moral se está desmoronando aceleradamente? ¿Será fácil mantenerlas en los días en que la felicidad se ha convertido en una paz inestable que a menudo se ve obligada a replegarse tras sus últimas defensas? ¿Será fácil guardarlas en un circulo materialista que confunde la felicidad con las posesiones? no. En un mundo como este, el matrimonio no es fácil desgraciadamente, esta institución deleitable que Dios nos dio, demasiado a menudo ha sufrido abusos y abaratamientos tales, que en nuestros días se parecen muy poco a lo que Dios quería que fuere. El santo matrimonio se ha convertido demasiado a menudo en un contrato de conveniencia, que no tiene nada de santo.

Constituyen legión los esposos que se ven atrapados en una lucha desesperada por salvar su matrimonio. Algunos se encuentran francamente confundidos sin saber por qué o cómo sus esperanzas se han esfumado dejando tras ellas solo amargura. Otros se dán cuenta con inquietud de que algún defecto personal es responsable de sus dificultades.

Como resultado, el divorcio ha llegado a niveles fantásticos. Alguien dijo: podemos comparar el matrimonio con un cinturón que podemos abrochar o desabrochar a voluntad, en otras palabras, si no le gusta, desenganchese. (Mateo 24:38)

El matrimonio se ha convertido en un manto que lleva la bendición y la aprobación de la sociedad, desde luego, pero que puede ser desechado a voluntad.

Nunca fue la voluntad de Dios que esta relación sagrada fuese asumida o descartada en forma tan liviana.

El famoso psiquiatra norteamericano Albert Huxley el expresa que, si continua acelerandose la presente proporción de divorcios, sin duda, en algunos años más las licencias matrimoniales se venderán tal como las licencias para perros: serán válidas por un periodo de doce meses.

Tantos los matrimonios mal fundados ‘como los divorcios fáciles y los hogares quebrantados rinden constantemente una cosecha de amargas lágrimas y corazones quebrantados. O bien lo que es peor todavía heridas infectadas, resentimientos arraigados profundamente, amargura y odio que envenenan literalmente las fuentes de la vida e invitan la presencia de enfermedades y aún la muerte.

¿A dónde encontrar respuesta?

¿Existe una respuesta adecuada para el dilema matrimonial del mundo? ¿a quién podemos volvernos? algunos buscan la respuesta que ofrece la psicología popular la cual en ciertos casos ha sido efectiva pero la psicología sin Cristo tiene sus limitaciones. He acompañado hasta la tarde en la noche a más de un individuo que se encontraba sumido en el conflicto personal desesperado. Algunos de ellos poseían mentes científicas y muy agudas, y eran maestros en el arte de aconsejar. Sabían todas las respuestas. Sin embargo, esas respuestas, despojadas del poder de Dios, fueron completamente inadecuadás para satisfacer sus propias necesidades.

Cristo el único camino

El único camino que pueden tomar estas personas para salir de la confusión amarga en que se encontraban sumidas, consistía en el discernimiento, la confianza y la entrega, que hacen de la cruz de Cristo su centro y su poder.

Cristo en el hogar constituye la situación ideal. A pesar del aumento reciente del interés religioso, estamos cosechando los frutos de una generación que abandono la moral. Una generación que se desligó de toda sujeción y prohibición. Se nos enseño que las prohibiciones inhibían el desarrollo de la personalidad. Así fue como los diez mandamientos fueron rechazados y se nos declaro anticuados. No tuvieron cabida en nuestro así llamado pensamiento progresista. Nuestras concepciones morales se estiraron como elástico.

Pronto sin embargo se publicaron ciertos informes sociológicos que nos convencieron de que no eramos tan malos después de todo. Desde entonces, tanto los psicólogos y los psiquiatras, los pastores y los consejeros matrimoniales han debido trabajar horas extras.

¿Nos sorprende, por lo tanto comprobar que mucho matrimonios que se contraen en la actualidad brilla con fugaz resplandor que muy pronto se extingue?

¿Qué ha sucedido? en un número aterrador de casos se ha olvidado el ideal y el divorcio está a la puerta. En algún punto de la línea se ha quebrado la sagrada confianza del circulo familiar. Se han perdido la reserva moral y la dignidad que ayudan a que los descuidados y livianos mantuviesen su lugar. Se han hecho propuestas ilícitas fuera del matrimonio, y como resultado se han quebrantado los corazones. No debemos ir muy lejos para encontrar la raíz del problema. En el mismo corazón de los diez mandamientos, despreciados y abandonados, .se encuentra una amonestación muy razonable, la cual, si se la obedece por medio del poder divino, resguarda la pureza de la sociedad: NO COMETERÁS ADULTERIO. (Exodo 20:14)

No importa cuan cerca se encuentre la trama moral de la sociedad en que vivimos, cuan adormecedor resulte el repetido acerto de que «todo el mundo lo hace».

Cuan convincente sean los informes que se publican acerca de la decadencia moral con la cual nos comparamos subconscientemente, a pesar de todo eso todavía Dios declara: «No cometerás adulterio».

Dios lo llama adulterio. Muchos lo llaman hoy «una relación significativa». Se dice que cualquier acción es buena siempre que podamos llamarla un acto de amor y la decisión de si llamarla o no de este modo, debemos realizarla cuando nos encontremos en medio de una situación intensamente emocional.

¿Son irrazonables las restricciones del código moral de Dios? ¿No existe una forma mejor de recapturar la emoción de vivir, que caer estúpidamente en adulterio?. (Mateo 5:22-28)

He aquí el problema ¿Cómo puede el ser humano esperar que su matrimonio sea feliz, si destruye voluntariamente la barrera que el mismo creador colocó para su protección? ¿Puede ignorar descuidadamente la primera indiscreción, y pretender que la infidelidad no inunde el hogar?

El colapso del matrimonio no sobreviene súbitaménte. Comienza con el primer descuido de las pequeñas atenciones que significan la felicidad para el cónyuge. Comienza el día en que nos sentimos demasiados cansados para ser bondadosos, demasiado ocupados para ser corteses, demasiado preocupados con nuestros propios problemas como para interesarnos en los de nuestro cónyuge.

La infidelidad nunca sucede repentinamente. El adulterio constituye un golpe del cual el hogar podría no recobrarse nunca. Pero antes han sucedido muchas cosas. La infidelidad comienza la primera vez que las relaciones del hogar se hacen rutinarias y aburridas. La infidelidad se origina cuando el esposo comienza a interesarse más en pasar la tarde en la oficina o con sus amigos que en su hogar. La infidelidad comienza la primera vez que el esposo compara la hermosura de su esposa con la de otra mujer, o cuando ella compara por primera vez el éxito de su esposo con la posición que otro hombre ocupa. La infidelidad comienza la primera vez que cualquiera de los cónyuges se pregunta si hizo bien al casarse. La infidelidad comienza en un momento de descuido. Termina en una traición que puede destrozar para siempre la confianza de la persona a quien prometimos amar y reverenciar.

Jesús dejó muy en claro su posición acerca del divorcio y del casamiento por segunda vez, al responder la pregunta de los fariseos en San Mateo 19:3-9.

Entonces vinieron a él los fariseos tentándole y diciéndole: ¿es licito al hombre repudiar a su mujer por É, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que os hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: por esto dejará padre y madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? así que no son ya mas dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios junto, no lo separe el hombre. Le dijero ¿por qué, pues, mando Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? él les dijo: por la dureza de vuestro corazón Moisés os mando a repudiar a vuestras mujeres; más al principio no fue así y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada adultera.

¿No hemos notado la facilidad con que algunas personas eluden el mandato divino con el fin de cambiar de compañero? sin embargo, por lo que hemos leído, es claro que las excusas triviales que algunos usan para separarse de sus compañeros difícilmente podrían soportar la prueba ‘bíblica. Jesús especifica la única situación en la cual se le permite a una persona contraer matrimonio de nuevo. No es otra cosa que la siguiente: Cuando cualquiera de los cónyuges descubre que su compañero le ha sido infiel.

El amor desde luego, hará todo lo posible por perdonar y restaurar. Nunca saludará con los brazos abiertos el pecado del compañero que le ofrece la dorada oportunidad de librarse del yugo. La verdad es que el divorcio aunque sea legítimo, no solo desfigura seriamente nuestra propia vida, sino que arruina prácticamente la vida de nuestros hijos.

Existen muchas parejas que declaran: es posible que nuestro matrimonio naufrague, pero después de todo, eso nos concierne exclusivamente a nosotros.

¡No amigo lector! el matrimonio es un asunto de intereses para todos. Se calcula que cada divorcio afecta por los menos 40 o 50 vidas. Es de interés para la nación entera. Cada vez que se destruye un hogar, toda la nación sufre una sacudida. Es de interés para los hijos. Ellos, tal como si fueran sismógrafos, registran todo temblor que se deja sentir en la vida matrimonial.

Le interesa también a Dios, porque Él deseaba usar el amor de los padres para explicar su propio amor a los hijos. Y ahora no puede hacerlo.

Recordemos sin embargo, que por más frustrada y confusa que haya llegado a ser una relación matrimonial, por más inútiles que parezcan ser nuestros esfuerzos por reconciliar dos corazones que se han enfriado, nunca debiéramos pensar que el divorcio constituye una puerta de escape conveniente para huir de una situación desagradable. El divorcio no sana las heridas. Ningún recurso legal o material, no importa cuan ingenioso sea puede sanar. Y también el perdón, ese perdón que es tan poderoso que nos permite decir: olvidándome ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta (Filipenses 3:13-14)

Cierto esposo oro larga y fervientemente cuando supo que su esposa le había sido infiel. Repaso la tradición que amenazaba su hogar. Pero por encima de ella escucho las siguientes palabras del apóstol Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonandoos unos a otros, como Dios también os perdono a vosotros en Cristo (Efesios 4:32)

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